Odio la Navidad. Odio esta cretinada de festejos.

Odio los anuncios de juguetes. Odio los anuncios de bombones (sí, Hawaiian, especialmente los de Ferrero Rocher). Odio los anuncios de turrones. Odio los anuncios de polvorones. Odio los anuncios de mazapanes. Odio los anuncios de El Corte Inglés. Odio los anuncios que recurren a la típica imagen del Papá Noel gordo y rojo que nunca va a la casa de quien lo necesita, sino del que se compra la televisión por cable, la línea ADSL, el mejor móvil del mercado o el último televisor de plasma.

Odio los bares que ya anuncian su cotillón. Odio todos los establecimientos que venden lotería de Navidad. Odio todos esos adornos luminosos y horteras que gastan más luz en un mes que toda la ciudad en un año. Odio la ropa de fiesta. Odio la sonrisa grapada con la que tenemos que pasar diciembre. Odio este frío asqueroso que llega sin avisar.

Y otra cosa más, el mensaje principal de este artículo es para los niños: ya es hora de que sepáis que PAPÁ NOEL NO EXISTE. "¡Oh, no! No le quites la ilusión al niño, Dios mío...". A la porra con esa ilusión de mierda. ¿A quién coño le interesa que los niños del rico occidente no pierdan su fe en Papá Noel o en los Reyes Magos? Pues a los comercios, joder. Ya va siendo hora de que todos los niños (y también esos padres peplos que tan bien saben alimentar las cajas registradoras) sepan que esos personajes orondos no son más que patrañas comerciales.

Mientras los niños sigan creyéndose esas estupideces, los padres, por cojones -tengan dinero o no-, deberán comprarles sus caros caprichos, fingiendo que son regalos gratuitos de parte de un gordo y viejo barbudo que se desliza por la chimenea o por el tubo del radiador. Y si papá y mamá no compran los caprichos caros del hijo y se limitan a lo que la economía familiar permite, al niño le invade una sensación de frustración que rápidamente manifiesta con las típicas preguntas de reproche retórico: "Papá, ¿por qué Santa Claus me ha traído esto y no lo que le pedí en la carta si me he portado bien? ¿Por qué a Pepito, que ha sido un niño malo, le ha traído tantas cosas y a mí no?".

Los niños deberían saber desde el principio que hay un motivo razonable que explica por qué de los niños pobres no se acuerda ninguno de esos "entrañables personajes", ni siquiera para enviarles unos pedazos de carbón dulce por correspondencia, (y a menudo sólo continúan haciéndoles llegar hambre y miseria, o muerte, según el país) y deberían saber que todo lo que piden sale del bolsillo de papá y mamá, que quizá ese dinero podría ser más útil tapando otro agujero y no unos juguetes que a los tres días estarán tirados y medio rotos junto al resto.

Soy partidaria de los regalos a las criaturas, pero siempre con cabeza y haciéndoles ver que las cosas no son gratis, que cuestan un dinero y un esfuerzo, que en esta vida lo que quieres o lo que necesitas no lo trae un personaje de ficción.

No soporto a esos padres lameculos infantiles que llenan los arcones de sus hijos porque es Navidad, porque no son capaces de anteponer el sentido común a la pedigüeña boca de un niño. O peor aún: por competencia con los amigos que también tienen hijos: "¿Y tú qué le has comprado a tus niños? Yo esto, esto, esto, esto y esto...".

¿Es realmente positivo mantener la ilusión de los hijos en unos personajes que sólo se acuerdan de un hemisferio del planeta? Papá Noel, Santa Claus y los Reyes Magos son ficciones crueles, que contribuyen a un consumismo innecesario, frivolizan lo verdaderamente importante en la sociedad y alimentan la superficialidad de las mentes infantiles de los países ricos, que lo tienen todo y cada año piden más.

Besinhos from Anita B.